Patricia G. Zamudio

Introducción       

En el presente trabajo  trataremos de abordar la relación entre locura y literatura que ha establecido Michael Foucault, necesitando para ello hacer una revisión de su pensamiento, por tal motivo, en la primera parte se hace un breve recorrido por las ideas más sobresalientes al respecto. La segunda parte presenta una exposición del texto “La locura, la ausencia de obra”, para finalmente recoger en la última parte las conclusiones del trabajo.

             Foucault (1926-1984)  se ha configurado como un pensador de suma importancia no solamente en el ámbito filosófico, también es un referente en otros campos del conocimiento: psicología, historia, política, por mencionar algunos.

            De sus datos biográficos Minello Martini (1999) menciona que nació en el seno de una familia burguesa en Francia en el año de 1926. Entre los movimientos socio-políticos entre los que se desenvuelve su vida se encuentran: la coalisión de partidos políticos de izquiera, la Guerra Civil Española, los conflictos de su país con Alemania por los territorios fronterizos de Alsacia y Lorena, así como la Segunda Guerra Mundial. También hace notar que predominan en el ambiente filosófico en los años que van del 45 al 60  las fenomenologías y el hegelianismo y a partir del 60 hay un predominio del estructuralismo, además, permeaba en el ambiente el legado de Kant, así como el de Descartes.

            Minello también considera de vital importancia el surgimiento de esta nueva manera de hacer historia: la escuela de los Annales, que tiene una postura más social, que amplía sus límites para incluir otras disciplinas en su análsis: como la economía o la política, por mencionar algunas.

            En un inicio los estudios de Foucault se enfocan en el análisis de los lugares de exclusión, como la locura, la psiquiatría, las prohibiciones. Trata de investigar cómo es que se van construyendo distintas epistemes, cómo los discursos contruyen ciertos objetos y sujetos. En una etapa posterior de su pensamiento se ocupa de las relaciones de poder y los códigos de conducta.

Como primer acercamiento

Uno de los puntos importantes en el pensamiento de Foucault es la visión histórica: el acontecer humano se lleva a cabo en un tiempo y en un espacio que por definición no puede ser el mismo en todos sus puntos. Está, hasta cierto punto, de acuerdo con la posición de los Annales: no se trata de ver en la historia la construcción de la identidad o las etapas de un Estado  o la sucesión  de un listado de nombres propios que marcaron el devenir de la humanidad, sino de tratar de identificar las relaciones de sociales, económicas, políticas, religiosas, y de otro tipo que se entrecruzan en su continuo movimiento:

[…] podría decirse, jugando un poco con las palabras, que en nuestros días la historia tiende a la arqueología, a la descripción intrínseca del monumento. Esto tiene varias consecuencias; en primer lugar, el efecto de superficie señalado ya: la multiplicación de las rupturas en la historia de las ideas, de la reactualización de los periodos largos en la historia propiamente dicha […] Segunda consecuencia: la noción de discontinuidad ocupa un mayor lugar en las disciplinas históricas […] Tercera concecuencia: el tema y la posibilidad de una historia global comenzaron a borrarse, y se ve esbozarse los lineamientos, muy distintos, de lo que se podría llamar una historia general […] (Foucault 1969: 10-18 cit. en Minello 1999: 124).

         cropped-old_map_vingate_compass_brujula   Observar la problemática con una visión histórica que funciona a modo de arqueología implica tener una mirada “de asombro”, es decir, al encontrarse con un hallazgo no se dan cosas por sentado, no se busca para robustecer lo que se quiere afirmar sino que se relacionan las distintas dimensiones del acontecer histórico. Esta pluralidad de aspectos pone de manifiesto que la historia no es una ni es contínua, no es homogénea, ni mucho menos es uniforme, no es global[1], no se constituye en un tótem o un corpus lineal sino que es variada, tiene rupturas, es heterogénea y no es globalizante.

            Lo anterior resulta de vital importancia porque está conectado con la construcción de lo verdadero: la “verdad” y los conceptos son variables de una época a otra y de una cultura a otra, es decir, hay modelos epistémicos diferentes, la verdad no es algo uniforme, monolítico, hay mecanismos que establecen lo que es verdadero, lo que se acepta y lo que debe rechazarse. Pero, ¿cuál es el objetivo de esta postura? Desenmascarar el naturalismo de las cosas, hacer ver que los conceptos, los valores, van cambiando. Señala además, que es a través del discurso que se establecen estas “verdades”, a través de él se dice lo que es bueno, lo que es malo, lo que es enfermo, lo que es sano. Por un lado esta situación controla y restinge a las personas, por otro, las pone en contacto con distintas epistemes, pues el lenguaje y el discurso están inmersos en el poder.

            La ausencia de verdades unívocas e inamovibles radica en que el discurso es una creación humana, que se ubica en una época, en un determinado espacio, en un cierto grupo de personas con ciertas prácticas. Esta manera de concebir la historia esta influenciada por Nietzche, pues según su postura la verdad es una invención humana, pero también tiene una influencia metodológica; trabajar a modo de genealogía, como lo hace Foucault siguiéndolo, necesita separar cada una de las partes de lo estudiado

[…] exige una minuciosa analítica de las mediaciones, aislar las tramas, según sus hilos, definir sus conformaciones, sus transformaciones, si incidencia en el objeto de estudio, y, en fin, repensar los conceptos que permiten su definición (Paponi 1996: 23).

            Podría caber cierto escpeticismo en el lector respecto a lo dicho anteriormente, quizá podría objetar (con toda razón), ¿Cuál es la importancia de ello? Es importante porque pone de manifiesto que no hay verdades universales, que en el entramado de las relaciones de la vida cotidiana hay discursos que ponen coto a las personas, que estas prácticas van configurando un cierto tipo de sujeto, un cierto tipo de pensamiento, eso implica que no haya una trayectoria definida por la cual deba transitar el ser humano, sobre la cual deban transcurrir los hechos.

            Es debido a esta concepción histórica que no hay conceptos en Foucault que tengan pretensión de ser universales, porque afirma, de hecho que tal cosa no es posible, porque el predominio de unos discursos trae consigo el abandono de otros. El sujeto inalterable de la Ilustración también es una construcción, es histórico. Como lo señala Paponi (1996) el sujeto cartesiano es un hombre que puede “dominar” la naturaleza, que construye una realidad dicotómica, es un hombre es plenamente racional

 […] la constitución del sujeto no es a priori como postulación sino producto de    prácticas sociales y de discursos que ellas generan. El sujeto no como dato primitivo sino como efecto. Un efecto de sujeto que hace posible los cortes del discurso. Nohay preexistencia de un sujeto de conocimiento (Paponi 1996: 59).

            Foucault abandona la racionalidad del individuo para poner en su lugar a un sujeto formado socialmente. Con lo expuesto hasta aquí podemos identificar tres elementos sobre los cuales gira el pensamiento de Foucault: sujeto, verdad e historia, y el hilo que los une son las relaciones de poder.

            En un primer momento le interesa estudiar los lugares de exclusión, como la locura, tema que trataremos con más detalle en la siguiente sección, y distingue en El orden del discurso que hay mecanismo de censura externos al discurso[2] y mecanismos internos a él[3].

 La relación locura-literatura

Otro de los ámbitos que Foucault estudia es precisamente la literatura, a primera vista parecería que la relación es un tanto precipitada, sin embargo, el razonamiento hecho por el autor (que no tiene pretenciones de ser universal) conduce a la muerte de la locura. A continuación se explica por qué.

            En “La locura, la ausencia de obra” la disertación hecha por este pensador comienza con un enunciado controvertido pues anuncia lo que para la sociedad moderna parecería extraño: la inclusión de aquello que ha sido exlcuido por mucho tiempo. La prueba de que es posible por su carácter histórico es la poca familiaridad que hay en nuestra sociedad con “[…] la trilogía griega manía […] ubris, […] y alogía , o la muda postura de la desviación chamánica en tal sociedad primitiva” (Foucault 1972:239). Lo que en un momento era esencial, deja de serlo en otro.

            Y es que en todas las culturas, menciona el autor; hay restricciones, cotos a las acciones, uno no puede hacer lo que quiera, cuando quiera, ni decir cualquier cosa en cualquier circunstancia.

             A través de sus estudios arqueológicos pone de manifiesto que en las diferentes sociedades hay una constante: todas tienen prohibiciones, las hay de conducta y de lenguaje. El primer punto relevante es que una no implica a la otra, es decir, puede haber algúna acción prohibida pero está permitida hablar de ella, o al revés, algo de lo que no se esté autorizado hablar pero que se permite en la práctica. El segundo punto relevante es que divide a  las prohibiciones del lenguaje en cuatro categorías­­­: 1) la trasgresión a las reglas del código del lenguaje; 2) las palabras prohibidas; 3) los enunciados con significado indecoroso; 4) el excedente del lenguaje.

    Todas son una subverción a las convenciones establecidas, las llama, respectivamente: “faltas del lenguaje” por subvertir las leyes del código lingüístico, “palabras blasfemas” por ser palabras que no se pueden pronunciar y que usualmente están relacionadas con el ámbito religioso, sexual, o mágico, “objeto de censura” porque son intolerables y el “repliegue” de la palabra o excedente de la palabra, es una especie de pliegue donde se encuentran múltiples significados, hay una proliferación de significantes en donde el sentido de lo habitual queda suspendido.

            La locura (como todas las construcciones humanas) son perecederas, históricas, y es por ello que resulta válido postular que en otro momento sea incluido en la “normalidad” de la cultura, que sea parte no sólo de las formas, también del fondo. ¿Qué la caracteriza históricamente? La respuesta es el lenguaje, los discursos y las prácticas institucionales. Nuestra cultura se ha caracterizado por la predominante dicotomía “razón-locura” en la cual el primer elemento ha sido puesto en una jerarquía mayor, mientras que el segundo es excluido, se constituye como lo extraño, lo ajeno al hombre racional, sin embargo, también nos define como seres humanos.

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            Menester es señalar que la locura no es una esencia, sino que se ha ido configurando históricamente. En la Antigua Grecia el “loco” era visto como un vidente, como alguien que anunciaba el futuro, que tenía poder de enunciar presagios. El cristianismo lo concibe como un estado de posesión diabólica, durante el siglo XVIII se ubica en medio de las dos prohibiciones (de conducta y de lenguaje, aunque tiene un acercamiento más bien con la esfera moral, específicamente con aquellos actos que tienen carácter de prohibición:

[…] (permanece vinculada esencialmente con las prohibiciones sexuales), pero está     incluida en el universo de las prohibiciones del lenguaje; el internamiento clásico comprende, con la locura, el libertinaje de pensamiento y de palabra la obstinación en la impiedad o la heterodoxia, la blasfemia, la brujería, la alquimia […] aquel que,   contra el código de la lengua, pronuncia palabras sin significación […] o aquel que pronunciaalabras sacralizadas, […] o también aquel que propaga sifnificaciones prohibidas […] (Foucault 1972: 241).

            Históricamente pasó de ser un vidente a ser una transgresión del lenguaje y/o los actos para actualmente constituirse como una patología, como un mal funcionamiento de la química del cerebro; quienes tienen el poder del discurso sobre este tema ahora son los médicos, específicamente la psicología y la psiquiatría, está definida según su discurso y según sus términos. Siguiendo el razonamiento del autor y dada esta condición de historicidad,  parece bastante válido afirmar que podría desaparecer.

            Desde el discurso médico podría pensarse que va a desaparecer porque va a lograr conocer tan bien la enfermedad que la va a poder erradicar o que la puede controlar con medicamento, o en el mejor de los casos que va a entender tan bien su funcionamiento que va a poder evitarla. Sin embargo, la desaparición de la que habla Foucault se relaciona con el lenguaje, pues encuentra un punto de confluencia entre el lenguaje de la locura y la literatura.

            El lenguaje del loco ha sido caracterizado como un sinsentido, autoreferencial, sin dirección precisa;

  […] como una palabra que se envuelve a sí misma, diciendo otra cosa por debajo  de lo que dice, de la que es a la vez el único código posible; lenguaje esotérico, si se quiere, ya que detenta su lengua en el interior de una palabra que no dice otra cosa en definitiva sino esta implicación (Foucalt 1971: 241).

            Pero, ¿qué relación tiene esta caracterización con la literatura? Por un lado, este tipo de palabra abre el “pliegue de la palabra”, despliega toda una posibilidad de significados, le abre camino a la multiplicidad y a la proliferación de sentido, muestra el escedente de la palabra, es un lenguaje sin obra, es lenguaje puro. Por otro lado, en  la producción de la nueva literatura (a finales del siglo XIX, posterior a Mallarmé), es un tipo de literatura que no se ajusta a los códigos lingüísticos, que subvierte las normas del lenguaje, que es plural “[…] no se define por lo que dice, ni tampoco con las estructuras que lo hacen significante […] tiene que ver con la autoimplicación, con el doble y el vacío que se abre en él” (Foucault 1972: 243).

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            La locura que se alía con la literatura es lenguaje puro, es trasgresor de las normas, no es unívoca, juega con el significante, mina la palabra, pone en suspenso el significado habitual, abre la multiplicidad, busca nuevas posibilidades, es un lenguaje que se implica a sí mismo. Esta relación promueve la desaparición de la dicotomía “razón-locura”, se desdibuja la locura como patología. No es obra porque hay un abanico de significados que tiende a ser interminable, debido a ello la crítica literaria no está fuera, se encuentra dentro del lenguaje mismo, actúa como un puente entre el texto y el lector.

            El efecto trasgresor de la palabra implica que si los objetos están configurados por los discursos y estos son trastocados, es posible cambiar la realidad, lo cual tiene repercuciones de tipo ontológicas pues supone una nueva configuración de los objetos y los sujetos. El acompañamiento de locura: bestia, Dios, signo, patología, se ha transformado en “escribo-deliro”

            Con lo expuesto hasta aquí, es posible afirmar que la relación filosofía-poesía se encuentra inmersa en la dicotomía “razón-ocura”, la filosofía está instaurada en el ámbito de la razón (que también va a desaparecer), aquella que pertenece a la tradición excluye a la locura, a pesar de ello hay filósofos que se identifican con la nueva forma de hacer literatura, como Nietzche, es en este punto donde filosofía y literatura convergen, pues surge una nueva experiencia, esto a su vez promueve la desapatrición de la dicotomía ya mencionada

 […] bajo estas transformaciones y por razones que parecen serles extrañas (por lo menos para nuestra mirada actual, una desatadura está produciéndose: la locura y la enfermedad mental deshacen su pertinencia a la misma unidad antropológica. La misma unidad desaparece, con el hombre, postulado pasajero (Foucault 1972: 244).

            Esto trae aparejado consigo la desaparición del sujeto configurado en la modernidad, el ser humano construido como todopoderoso, capaz de controlar la naturaleza y a sí mismo, ese constructo abstracto, racional lleno de autodeterminación, dueño de su voluntad, capaz de manejar los designios a su antojo, también desaparecerá.

 Conclusión

Las construcciones conceptuales son históricas, no son inamovibles, sino dinámicas, estas elaboraciones dan pie a ciertos discursos a través de los cuales se constituye una noción de lo que son las cosas y los sujetos. Lo cual demuestra que la verdad y los conceptos son variables de una época a otra y de una sociedad a otra.

Esta visión histórica aunada a la influencia de Nietzche, Marx, y Freud (principalmente) pone de manifiesto las diferentes relaciones que configuran realidades (y prohibiciones), esta ausencia de verdades unívocas también se aplica a la “locura”.

            Se pone de manifiesto que aquellas afirmaciones encubiertas de verdad son asumidas sólidas e inamovibles por quienen detentan cierto tipo de discurso, como el discurso de la ciencia. Es a partir del siglo XVII que se establece una relación entre la locura, la enfermedad mental y el lenguaje.

            La relación entre literatura y locura ha sido más estrecha debido a que el lenguaje de la locura irrumpe en el ambiente literario debido a la nueva forma de escritura literaria, es una escritura que tiene un tinte subversivo, transgresor de los códigos lingüísticos, de las reglas gramaticales, es por ello que se proclama la desaparición de la locura (como patología), junto con la dicotomía “razón-locura”. En este tenor, la dicotomía filosofía-poesía también va a desaparecer, ya que la primera pertenece al ámbito racional y como hemos expuesto: la línea de división entre ambas se va desdibujando cada vez más. El hecho de que se asuma a la locura como un “juego familiar” le confiere un aire menos solemne, más cercano a nosotros. Si la configuración de objetos y sujetos está hecha con discursos, al cambiar el discurso también es posible cambiar la realidad.

Bibliografía

Foucault, Michel. “La locura la ausencia de obra” en Michel Foucault 1926-1984. Obras esenciales. Barcelona: Espasa Libros, ([1972] 1999).

Paponi, María Susana. Michel Foucaul: historia, problematización del presente. Buenos Aires: Biblos, 1996.

NOTAS

[1] Esta es una de las principales críticas de Foucault al marxismo: que su postura histórica parte de una “historia globalizante”, no parte de una historia plural. El segundo punto en contra del marxismo es que tiene una definición cerrada de “individuo”, porque está determinado por estructuras socio-económicas. “No obstante, Foucault no deja de ver en Marx, insisto, esta sospecha de algo que se enmascara, que se oculta detrás del mito ilustrado de orden-progreso-linealidad y los postulados “meritocráticos” del liberalismo. La solución marxiana transita por la oposición ciencia-ideología (otra vez verdad versus error) y por ese camino se impone la necesidad de la toma de conciencia de la condición de alienación para superar la dominación […] Foucault piensa […] que el trabajo de un intelectual no consiste en modelar la voluntad política de los demás, sino en interrogar de nuevo las evidencias y los postulados, cuestionar los hábitos, las maneras de hacer y de pensar, disipar las familiaridades admitidas” (Paponi 1996: 59).

[2] Dentro de los sistemas de exclusión se encuentran: lo prohibido, la dicotomía razón-locura, y la voluntad de verdad. Otra forma externa es la relación sujeto-discurso en el que se engloban: el ritual del habla, las sociedades de discursos, las doctrinas y la adecuación social.

[3] Estos procedimientos internos son: el comentario, el autor y la disciplina a la que pertenece el discurso.

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