José Carlos Díaz Silva

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El 20 de noviembre se acerca y con ello la reivindicación de los héroes de la Revolución, uno de los personajes más emblemáticos para la sociedad es sin duda Emiliano Zapata, quién murió el 10 de abril de 1919 en la hacienda de Chinameca en Morelos. Casi un siglo después, este personaje sigue siendo recordado por todos los sectores de la población, desde el campesino más pobre hasta el político más prominente. Por donde se le quiera ver, Zapata, como ícono popular y legado ideológico y político sigue siendo vigente, reanimado por una luz muy diferente desde el 1° de enero de 1994, con el conocimiento a nivel nacional del movimiento zapatista de Chiapas.

En el imaginario popular, con aquel épico lema “Tierra y Libertad”, cada año Zapata es recordado, revindicado, pero no en sus propios términos, sino como un símbolo de lucha para denunciar los problemas socioeconómicos del país, pero sobre todo al Gobierno, aunque también es revindicado por este último. Por ejemplo, este año, el  10 de abril, el gobierno de Saltillo realizó una ceremonia conmemorando el aniversario luctuoso de este personaje de la historia (El Zócalo de Saltillo, http://bit.ly/1QeT9yg). Por su parte el gobierno del Distrito Federal (D.F.) realizó un convierto en el marco del aniversario luctuoso de Zapata (http://bit.ly/1EhwYBh) En el estado de Morelos,  “con la participación de más de 200 motociclistas, en su mayoría a bordo de unidades de colección, hicieron el recorrido de la Ruta Zapata 2015 en la caravana denominada “Caballos de Acero”, para conmemorar el 96 aniversario luctuoso del general Emiliano Zapata” (La jornada de Morelos, (http://bit.ly/1HDWRJJ), este es el segundo año consecutivo que se lleva a cabo el evento.

En 2014, se realizó sobre Av. Reforma, en el D. F., una movilización  de la Coordinadora Nacional Plan de Ayala, para exigir solución a los problemas del campo, contando con campesinos de diversos estados: Durango, Guerrero, Morelos, Zacatecas, Oaxaca, Hidalgo, Chiapas y el Estado de México (Sin Embargo, 10/04/2014, http://bit.ly/QsiNDu). Lo mismo en la capital, 15 mil integrantes del Movimiento de Unificación y Lucha Triqui (MULT), del Partido Unidad Popular y de la Asamblea de Pueblos Indígenas, protestaron contra la “traición” de las reformas del presidente Enrique Peña Nieto, lo mismo ocurrió en Chiapas y Guerrero (La Jornada, 10/04/2014, http://bit.ly/1mbfWMM).

Sin embargo, este llamado a la reivindicación del caudillo no es único de los sectores populares. En Tlalpan, D. F., en el año 2014, fue inaugurada una estatua en honor del caudillo, diciéndose que esa “[…] es la estatua del General montado en su caballo que va al encuentro con la silla presidencias y que caminó con sus generales que lucharon por la reivindicación de los campesinos de México […]” (El Universal, 10/04/2014, http://bit.ly/1jxcJ6H, énfasis añadido).  En ese mismo año, en un  acto político de Andrés Manuel López Obrador, en la delegación Milpa Alta (La Jornada, 10/04/2014, http://bit.ly/1kGh6NS), revindico la figura de Zapata como estandarte de la lucha que él y el próximo partido Morena, representan. Citando un pasaje en donde Zapata ante el ofrecimiento de una hacienda por parte de Madero, renuncia y dice que no lucha para hacerse hacendado sino por la tierra de los campesinos de Morelos. Un pronunciamiento ausente fue el del Presidente Enrique Peña Nieto (EPN), que como se verá en breve, resulta importante.

Pareciera que cualquiera, con un poco de retórica, buenas intenciones o adaptaciones liricas, puede invitar a Zapata al siglo XXI, convirtiéndole en un ser omnipresente capaz de juzgar a todo lo referente a la sociedad mexicana.  Esto no es un fenómeno nuevo, podemos encontrar en Ávila (2012) una magnifica explicación de esta dualidad. Después de la muerte del caudillo en 1919, poco a poco su figura se fue revindicando como el símbolo del agrarismo nacional y pocos recordaron que tan sólo unos años atrás se le conocía como el Atila del Sur, que los campesinos de Morelos habían sido llamados “bestias”, vituperados de manera soez.

En el devenir de la política nacional, después de su muerte y habiéndose promulgado el Plan de Agua Prieta, en rebelión contra Carranza, Obregón tomo por baluarte de apoyo a los campesinos organizados del estado de Morelos, al triunfo de este plan y la posterior presidencia de Obregón se pagó a los campesinos con un reparto agrario, significativo, pero diferente del planteado en el Plan de Ayala, la mancha negra de Zapata se desvaneció y su figura fue apropiada por el Gobierno, convirtiéndose en Héroe Nacional, símbolo del agrarismo y premisa de control, cohesión y estabilidad de los campesinos.

Siguiendo al mismo autor, esta apropiación continúo de manera constante hasta el agitado año de 1968; a pesar de los movimientos guerrilleros de los 70 que revindicaban a Zapata y el cambio formal del modelo económico en 1982, esta confiscación, aunque mellada continuó. Ssí en 1992, el entonces presidente Carlos Salinas de Gortari, logró la reforma al artículo 27 constitucional[1] invocando a Zapata, diciendo que aquellos cambios “eran la única forma de permanecer fieles a los principios zapatista” (Ibid:54). Quien terminaría con esta adjudicación abierta y más bien sínica, fue el levantamiento armado en Chiapas. Después de esto, los Gobiernos Federales fueron disminuyendo las invocaciones a la memoria de Zapata, hasta el presente, donde el silencio a este respecto por ENP es claro (y necesario). Pero, como señalamos con anterioridad esto no ha impedido que algunos políticos sigan utilizándolo como un símbolo de “libertad y justicia”

También en 2014, algunos medios de comunicación realizaron semblanzas sobre Zapata, en opinión nuestra, carentes de sentido histórico, sin argumentación crítica alguna y dejando lejos del tintero electrónico, cuestiones cruciales que nos permitan entender qué fue aquel movimiento morelense, exacerbando el legado del héroe, aquel caudillo revolucionario que luchó como un roble inmaculado contra los parias de la Revolución Mexicana. El periódico Sin Embargo (10/04/2014, http://bit.ly/1esSl2m), nos ofrece una cronología desde 1911 con respecto a la suerte del zapatismo y los campesinos en México; en la primera parte no  se hace referencia a los procesos internos del zapatismo en Morelos, ni a la guerra de facciones, pareciese que el enemigo de la Revolución fue Victoriano Huerta. El Universal (10/04/2014, http://bit.ly/1jwrjeF), bajo la nota de la conmemoración del aniversario luctuoso, se hace una breve colección de sucesos que tuvieron que ver con Zapata, no hay ningún análisis, ninguna justificación por la lucha zapatista, toda la dimensión histórica de este personaje queda borrada.[2]

Desprovisto de su sentido histórico, Zapata se ha convertido en héroe nacional, estandarte de la verdadera revolución popular; traicionado por los enemigos del pueblo. Pero todos estos escritos y la llamada historia oficial no responden a una serie de preguntas cruciales ¿Cuál era el origen de la revolución campesina del estado de Morelos? ¿Por qué este estado encabezó la lucha y la ideología campesina de la Revolución Mexicana? ¿Cómo estaba organizado internamente el movimiento? En el entendido de que a lo largo del periodo armado de la Revolución existieron diversas facciones: Maderistas, Constitucionalistas, Huertistas, Felicistas, Villistas y Zapatistas ¿Cuál fue el papel de este movimiento y qué papel jugó en el multicitado artículo 27 de la Constitución de 1917? Y para concluir, ¿Fueron las acciones puramente de traición, oportunismo y sedición de personajes comoJesús Guajardo, Carranza y Pablo González, responsables del trágico final del caudillo en Chinameca?

Como podrá advertirse de manera inmediata, estas preguntas requieren una enorme extensión de páginas para poderse esbozar una respuesta completa. Por tanto, no es pretensión de este breve ejercicio el responderlas completamente, ya que no es posible agotarlas. De lo que se trata es de mostrar que es posible entender no solo a Zapata sino al zapatismo desde una luz diferente, histórica, donde el epicentro de la explicación no sea el juego de héroes y villanos, de vencedores y traicionados, etc.

Con respecto al origen de la lucha, podemos encontrar dos visiones, la primera nos habla del despojo y de las vejaciones desde que acaeció la colonia, los campesinos fueron victimados por la codicia y la indiferencia de los dirigente, son estos los villanos. Ante esto, con una justicia legal, a través de títulos de propiedad que provienen de tiempos de la colonia, los campesinos morelenses son los legítimos dueños de estas tierras. Por ejemplo Krauze (2002)[3], nos muestra toda la injusticia sobre los campesinos, mostrando la relación, mística, del campesinado y la tierra (que lo es todo para ellos), mientras no tengan tierra no habrá justicia. Esta visión, sencilla, resulta incompleta en muchos aspectos. Gilly (2011) le da un sentido más amplio a estos títulos de propiedad, son solo el comienzo, son una necesidad intrínseca de cualquier movimiento social: buscar una justificación y un motivo sobre el cual realizar sus esfuerzos de lucha, este comienzo, junto con sus formas propias de organización derivarán en 1911 en el Plan de Ayala, la forma acabada de la ideología, y programa político del movimiento zapatista.

Sin embargo, podemos encontrar que existen en Morelos dos raíces del movimiento, una de largo plazo y otra de corto, una económica y otra política. Después de la colonia y con el desarrollo del México independiente, las haciendas surgieron como la forma predominante de la producción agrícola, que como cualquier proceso de desarrollo económico y social es dinámico y va cambiando conforme la historia avanza. Es en este proceso que se despliegan todos los pasajes de despojo e injusticia que Krauze señala. Morelos no es la excepción de este desarrollo, mediante la producción de caña para la exportación, se crea un centro moderno y exitoso, se observa un crecimiento notable desde antes de que comenzara el Porfiriato, como señala Ávila (2010:69): “ Este crecimiento productivo fue posible gracias a una ampliación de la superficie cultivada, la cual se triplicó: pasó de 3 500 hectáreas en 1869 a 10 000 en 1909, debido a mejoras notables en el manejo de los campos, a la expansión de los sistemas de irrigación y a la modernización tecnológica. […]” El incremento de esta superficie cultivada no se debió al incremento de nuevas tierras para la explotación, sino a la incorporación de sistemas de riego a las tierras de las haciendas que se arrendaban a los campesinos para que cultivaran maíz. El desarrollo económico del país fue destruyendo progresivamente la forma de supervicencia de los campesinos de los pueblos de Morelos. Entonces esta “perversidad” del despojo tiene una explicación económica, histórica. Lo anterior también implica que contrario a lo que habitualmente se argumenta, a finales de 1909, el rumbo necesario que tomaba la producción agrícola no era hacia la gran propiedad, sino hacia la modernización y el mejor aprovechamiento de las tierras de cultivo. A finales del Porfiriato, la hacienda comenzaba a ser molesta para el desarrollo y aquellos nuevos actores progresistas (como lo era Madero, o el grupo de Sonora: Obregón, Carranza, Calles). La segunda causa tiene que ver con el propio régimen político porfirista, el cual desde 1905 se encontraba en una situación de debacle. Este desgaste encontró forma en Morelos en 1909 con la sucesión a la gubernatura, el candidato oficial Escandón se impuso de manera antidemocrática sobre el popular Patricio Leyva, a quienes los pueblos de Morelos apoyaban; entre sus seguidores se encontraba Zapata.

En este escenario de destrucción de sus condiciones materiales de reproducción(debido al desarrollo moderno de la producción cañera) y a la coyuntura política, con sus tradiciones y bajo la bandera de ser los legítimos dueños de las tierras de las cuales no pueden ahora siquiera arrendar, se organizan y a través de Pablo Torres Burgos, encuentran un vehículo de significación nacional, es decir su adhesión al movimiento de Madero. La adhesión al maderismo fue breve, ya que el 11 de noviembre de 1911, se promulga el Plan de Ayala y se da la ruptura formal y formándose como un movimiento independiente y radical. Destaremos el artículo sexto del Plan, lo que harán al tomar las tierras de cultivo y los recursos hídricos; formando tribunales populares restituirán las tierras usurpadas por caciques, hacendados y demás, a sus legítimos dueños, es decir, quienes posean los títulos de propiedad que mencionábamos más arriba. Esta implementación de la autonomía de los pueblos no implica que podemos identificar al zapatismo como un movimiento anarquista (a pesar de la simpatía de Zapata por los escritos de León Tolstoi[4]), como lo hace Krauze (ibíd.). En incontables ocasiones el propio Zapata mostró su simpatía hacia la implementación de un aparato republicano y un Estado que respetase esta autonomía y dejase funcionar estos tribunales jurídico-populares. Quizá una buena forma de identificarlos es como un movimiento radical pero de forma empírica, como sugiere Gilly (2011), es decir, su ideología no parte de algún marco teórico de referencia, por tanto no se les puede identificar como anarquistas, liberales, socialistas, comunistas, etc.

Cuando el gobierno golpista de Victoriano Huerta fue derrotado, comenzó la llamada guerra de facciones del periodo revolucionario, en esta se enfrentaron básicamente dos corrientes una moderada y otra radical, con una base ampliamente popular. Por un lado estaban los constitucionalistas y por el otro los villistas y los zapatistas. El primero de octubre de 1914 comienza la Convención de Aguascalientes, los zapatistas se incorporan dos semanas después de que esta ha comenzado, son ellos, los campesinos de Morelos quienes dan forma ideológica a la Convención, ya que el Plan de Ayala se proclama como el programa oficial. Esta convención sin embargo no prospera, nunca trasciende y militarmente es un fracaso, enorme; en diciembre de 1914 la División del Norte de Villa y el Ejército Libertador del Sur controlaban prácticamente todo el territorio nacional, sin embargo en vez de cohesionar un ejército central se fragmentan: Villa se va al norte y Zapata al sur, a llevar a cabo su tan ansiada reforma agraria.[5]

La reforma agraria en Morelos prospera internamente, sin embargo, las victorias de Obregón sobre Villa, terminan cobrando factura al zapatismo y a fines de 1915 el estado es ocupado militarmente por el General Pablo González, hasta comienzos del 1917 recuperan el estado para perderlo nuevamente el siguiente año. Entre tanto el constitucionalismo, instaura en Querétaro la Constitución, carta de triunfo y programa político de los vencedores de la Revolución. El artículo 27, indudablemente de inspiración zapatista significaba que la cuestión agraria necesita cambiar, que las demandas campesinas no podían ser soslayadas, empero se redactó con la ausencia del zapatismo en cuanto tal, por lo que también significa la derrota del radicalismo empírico del Plan de Ayala. Este movimiento fue derrotado, como consecuencia de sus propios límites, en cambio, no fue traicionado. El 27 constitucional no representa los postulados de Ayala, representa su derrota y su supeditación al constitucionalismo y a los gobiernos posteriores. De hecho, para 1919, el movimiento se encuentra desgastado y en plena debacle, ha sufrido ya bajas importantes: Eufemio Zapata, Otilio Montaño, Manuel Palafox ha desertado y en el plano nacional el zapatismo no representa ya un baluarte revolucionario.

Zapata, desde nuestra óptica, murió no como consecuencia de una traición directa, sino por negligencia personal y del movimiento. Si seguimos el capítulo X de Womack (1985), es fácil ver que Zapata conferencia con Jesús Guajardo, sabiendo que una probable traición de este no es algo inesperado, además pacta con un hombre que en 1916 hubo fusilado a una cantidad importante de civiles morelenses sin justificación alguna, y haciendo caso omiso de sus lugartenientes, que le piden cautela y que evite esa jugada arriesgada, decide enviar la famosa y fatídica carta a su verdugo. Así Zapata traicionándose así mismo, termina siendo traicionado y acribillado en la hacienda de Chinameca el 10 de abril de 1919 y “nuestro inolvidable General Zapata cayó para no levantarse más”

Conclusiones.

Pensar en el zapatismo como un movimiento traicionado y en Zapata como un héroe y mártir de la revolución resulta dudoso a la luz de la historia. Glorificar al hombre por encima de la sociedad de Morelos que luchó por el Plan de Ayala entre 1911 y 1919, es un grave error, la historia no la construyen los individuos, sino la sociedad. Todos los grupos revolucionarios de aquella época lucharon por sus propios intereses, contando con su ideología y programa político propios. El zapatismo, aunque fue el movimiento campesino con la mayor fuerza material, de la época, no tenía (ni podía tener) la fuerza suficiente para triunfar, podríamos decir que no lo venció el constitucionalismo, lo venció la historia.

Esto no quiere decir que recordar al zapatismo y entender qué es lo que significa la figura de Zapata no sean importantes, por el contrario es de suma importancia hacer este esfuerzo, pero bajo una mirada crítica, a fin de entender y aprender de los aciertos y errores de este movimiento social. Ya que verlo desde la visión de los héroes y villanos termina siendo útil para aquellos que en ocasiones trató de criticar, como lo mostramos más arriba. Minimizar al héroe nos lleva necesariamente a redimensionar históricamente a los seres humanos que van modificando la historia, esto vale para cualquier movimiento; si queremos construir movimientos sociales más amplios y plantear soluciones política y económicamente factibles para este mundo, debemos olvidarnos de las traiciones y aprender más del pasado, sin esta retrospectiva estaremos condenados a depender de los lideres carismáticos que prometen los cambios verdaderos, la verdadera revolución, etc. y peor aún, nos condenamos a sumergirnos, como dice José Alfredo Jiménez “… en los mismos errores…”.

Bibliografía.

Ávila, Espinosa, A., (2010), Los orígenes del zapatismo, El Colegio de México, UNAM, México

Ávila, Espinosa, A., (1991), El pensamiento económico, político y social de la Convención de Aguascalientes, Instituto Cultural de Aguascalientes, INEHRM, México

Ávila, Espinosa, A., (2012), De forajido a prócer, o cómo El Atila del Sur devino símbolo del agrarismo, en Blanco, M. y Garner, P., Biografía del personaje público: siglos XIX y XX., Facultad de Economía, UNAM, México.

Gilly, A., (2011), La revolución interrumpida, Ediciones Era, México.

Krauze (2002), El amor a la tierra: Emiliano Zapata,  Fondo de Cultura Económica, México.

Katz, F., (2005), La guerra secreta en México, Ediciones Era, México.

Womack, J., (1984) Zapata y la revolución mexicana, Secretaria de Educación Pública, Siglo XXI editores, México

[1] Lo que sencillamente significó esta reforma fue permitir que los ejidos fuesen enajenado para su venta; en 1915, cuando se realiza el reparto agrario en Morelos, se permite que los pueblos hagan ello de acuerdo a los usos y costumbres, de tal manera que podía inclusive existir la pequeña propiedad, la única restricción era que no se podía enajenar, vender la tierra

[2] Se tomaron las reseñas de 2014, ya que las de 2015 a juicio de este autor eran más superficiales.

[3] Este autor es bien conocido, popularmente, por la adaptación de su obra “Biografías del Poder” a la televisión, por editorial Clío de Televisa

[4] Para más sobre este tema véase la revista Proceso (08/03/2013, http://bit.ly/1aW9GnD)

[5] En estas páginas sostenemos que la imposibilidad de una coalición Norte-Sur, no se debió a la cultura campirana de los caudillo, como señalan Krauze (ibíd.) y Womack (1985), sino a intereses materiales que en lo profundo divergían, como señala Katz (2005), el zapatismo fue el movimiento más homogéneo de la Revolución, lo cual permitió que quien delimitase el programa político-agrario fuera la base popular, mientras que el movimiento villista era más heterogéneo, con intereses agrarios diferentes, además, la base popular solo era uno de los muchos sectores adheridos a la División del Norte. Como concluimos a partir de Ávila (ibíd.) la reforma agraria que buscaba el villismo no era la restitución de tierras a sus legítimos dueños ni mucho menos la creación de tribunales populares.

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